Doraldina Zeledón Úbeda
Cuando se es joven, muchas veces todo nos parece color de rosa; y las dificultades las hacemos chistes; pero hay casos que golpean. “¿Saben lo que significa no tener que comer al mediodía y seguir en clases hasta las 5 p.m. en la universidad?” escribió un estudiante en un artículo. Y es que, aunque no paguen aranceles, tengan beca y estén en un internado, los estudiantes pobres tienen muchas dificultades. El gasto no es sólo en la matrícula, sino en comida, libros, folletos, Internet, impresiones, transporte; sobre todo si son de los departamentos. Ingresar a la universidad es un privilegio, y egresar cuesta desvelos y privaciones. Lo que pasa es que a veces, ya graduados, nos olvidamos de los apuros que pasamos.
Una vez llegué corriendo al aula. Había comido rápido porque el almuerzo estuvo tarde. Era la una en punto, hora que iniciaba la clase. Iba sofocada. ¡Ay!, dije, este horario es fatal, vengo con la comida en la boca. “Usted se siente incómoda porque comió rápido, y nosotros porque no hemos almorzado”, me dijo una estudiante. ¿Por qué? le pregunté, para que me contaran algo. Entonces supe que muchos aguantaban hambre porque no tenían dinero, y no podían ir a su casa, pues en una hora de receso no les daba para ir y regresar. Las clases se impartían mañana y tarde. Otros, de todos modos, no tenían comida en su posada, eran de las regiones y en cualquier parte tenían que comprarla; pero, me decían, en el cafetín era muy caro. Y para remate, a veces los comedores están cerca de las aulas, y el olor a comida los tortura más, como también han dicho. Les propuse que discutieran el problema. Hablaron, se organizaron y buscaron algunas soluciones, que no sé hasta cuándo duraron. Sí recuerdo que, quienes tenían más posibilidades, se solidarizaron.
Otro día, en los pasillos, conversando con el grupo, entre bromas y verdades, un joven me dijo: “¿usted cree que soy flaco porque soy deportista?” Después, a solas, una de las muchachas me comentó: “profesora, no es broma lo que dice el flaco. A veces ni siquiera va a su pueblo porque no tiene para el pasaje”. Luego me contaron, entre risas, que en ocasiones, durante el receso iban a comer mangos del solar vecino.
En otro tiempo, y en otra universidad, conocí a dos jóvenes que viajaban diario, y bastante retirado de Managua, porque les salía más barato que alquilar un cuarto y comprar comida. El problema era cuando tenían que hacer trabajo en grupo. Y a los docentes esto se nos olvida.
Hay quienes creen que los estudiantes se dan la gran vida y que cuando pelean por el presupuesto es porque son unos vagos. No estoy de acuerdo con los morterazos ni con la quema de llantas cuando reclaman sus derechos, pero sí estoy segura de que luchan porque saben que de otra forma no podrían estudiar.
Entonces, ante estos problemas, deberían hacer lo que hicieron aquellos jóvenes: alianzas con los cafetines, con industrias alimenticias, con supermercados. O con los negocios vecinos, pues, al fin, sus clientes son los estudiantes. Ver si a lo interno de las universidades se puede resolver el problema, quizás sacar un poco de presupuesto de aquí y otro de allá. He visto también que el movimiento estudiantil facilita alimentación. A lo mejor pueden resolver otros casos, no sólo lo que tienen planificados. Pero para eso hay que exponer el problema, unirse e incidir, no basta una sola voz ni basta una sola vez. Se le tiene que buscar solución entre los mismos compañeros, pues muy difícilmente llegará alguien a ofrecerles ayuda así por así
Y también hay que buscarle solución conjunta, entre todos los sectores, así como se pelea por el 6% del presupuesto nacional; pues no es uno el que aguanta hambre, lo que sucede es que da vergüenza decirlo, pero a quienes debe darles vergüenza el sufrimiento de los pobres es a los que comen de más, para después buscar medicina que les quite el malestar y continuar comiendo, como lo dice un “gracioso” anuncio publicitario.
El estudiante pobre es pobre en la vida y en la muerte, como le pasó a Roberto González, víctima del sistema por exigir más presupuesto para estudiar. Recuerdo la fosa: era un hoyo de purita tierra, no hubo cemento para una repelladita, “Entierro de pobre, ya sabes, amigo”, como dice el poema de Azarías H. Pallais. Por eso, cuando la multitud quería darle el último adiós, sentíamos que el terreno se desmoronaba. Y si los estudiantes no afianzan sus terroncitos con la solidaridad, se pueden desmoronar sus ilusiones. Esto no lo deben permitir ni ellos ni el Estado ni la sociedad. Y mucho menos la propia universidad que tiene asegurado su presupuesto con los impuestos.
Ojalá que éstas sean sólo historias y que la vida del estudiante pobre ya no sea tan difícil, ahora y después.
2008.
***************AnagkhRubén DaríoY dijo la paloma:
-Yo soy feliz. Bajo el inmenso cielo,
en el árbol en flor, junto a la poma
llena de miel, junto al retoño suave
y húmedo por las gotas del rocío,
tengo mi hogar. Y vuelo
con mis anhelos de ave,
del amado árbol mío
hasta el bosque lejano,
cuando, al himno jocundo
del despertar de Oriente,
sale el alba desnuda, y muestra al mundo
el pudor de la luz sobre su frente.
Mi ala es blanca y sedosa.
La luz la dora y baña,
y céfiro la peina.
Son mis pies como pétalos de rosa.
Yo soy la dulce reina
que arrulla a su palomo en la montaña.
En el fondo del bosque pintoresco
está el alerce en que formé mi nido:
y tengo allí, bajo el follaje fresco
un polluelo sin par, recién nacido.
Soy la promesa alada,
el juramento vivo;
soy quien lleva el recuerdo de la amada
para el enamorado pensativo.
Yo soy la mensagera
de los tristes y ardientes soñadores,
que va a revolotear diciendo amores
junto a una perfumada cabellera.
Soy el lirio del viento.
Bajo el azul del hondo firmamento
muestro de mi tesoro bello y rico,
las preseas y galas:
el arrullo en el pico,
la caricia en las alas.
Yo despierto a los pájaros parleros
y entonan sus melódicos cantares;
me poso en los floridos limoneros
y derramo una lluvia de azahares.
Yo soy toda inocente, toda pura.
Yo me esponjo en las ansias del deseo,
y me extremezco en la íntima ternura
de un roce, de un rumor, de un aleteo.
¡Oh inmenso azul! Yo te amo. Porque a Flora
das la lluvia y el sol siempre encendido;
porque siendo el palacio de la aurora
también eres el techo de mi nido.
¡Oh inmenso azul! Yo adoro
tus celajes risueños,
y esa niebla sutil de polvo de oro
donde van los perfumes y los sueños.
Amo los velos tenues, vagorosos,
de las flotantes brumas,
donde tiendo a los aires cariñosos
el sedeño abanico de mis plumas.
¡Soy feliz! Porque es mía la floresta,
donde el misterio de los nidos se halla;
porque el alba es mi fiesta
y el amor mi ejercicio y mi batalla.
Feliz, porque de dulces ansias llena
calentar mis polluelos es mi orgullo;
porque en las selvas vírgenes resuena
la música celeste de mi arrullo.
Porque no hay una rosa que no me ame
ni pájaro gentil que no me escuche,
ni garrido cantor que no me llame.
-¿Si? Dijo entonces un gavilán infame.
Y con furor se la metió en la buche.
Entonces el buen Dios allá en su trono,
-mientras Satán, para distraer su encono
aplaudía aquel pájaro zahareño,-
se puso a meditar.
Arrugó el ceño,
y pensó al contemplar sus vastos planes
y al recorrer sus puntos y sus comas,
que cuando creó palomas
no debía haber creado gavilanes.