Qué tengo yo, que mi amistad procuras


¿Qué tengo yo, que mi amistad procuras?
¿Qué interés se te sigue, Jesús mío,
que a mi puerta, cubierto de rocío,
pasas las noches del invierno escuras?

¡Oh, cuánto fueron mis entrañas duras,
pues no te abrí! ¡Qué extraño desvarío
si de mi ingratitud el hielo frío
secó las llagas de tus plantas puras!

¡Cuántas veces el ángel me decía
"Alma, asómate agora a la ventana;
verás con cuánto amor llamar porfía"

¡Y cuántas, hermosura soberana,
«Mañana le abriremos», respondía,
para lo mismo responder mañana!

Lope de Vega



domingo, 15 de junio de 2008

Compartiendo los residuos

Compartiendo los residuos

Doraldina Zeledón Úbeda
El Nuevo Diario. Managua, Nicaragua - Jueves 07 de Febrero de 2008 -

Cierta mañana, mientras caminada por las calles del barrio, presencié algo que ha dado vueltas en mi cabeza, pero no se sale; y cada día, cuando observo el contraste entre pobreza y riqueza me deja pensativa. Esa mañana, cuando me detenía en una esquina, antes de cruzar la calle, de repente miré, en la esquina siguiente, un perro que comía algo, y a un hombre que caminaba. Luego, como un relámpago, el hombre se agachó y le quitó una bolsa al perro. El animal siguió comiendo lo que había sacado de ella, y se quedó viendo a su compañero de infortunio, que ahora también comía y miraba hacia todos lados; seguramente viendo si lo veían.

Yo me quedé inmóvil. Como pensando que no era conveniente continuar mi marcha. Crucé a la otra acera. De reojo vi al hombre. No era harapiento, no andaba sucio ni roto, se miraba limpio y hasta podría decirse bien vestido, de anteojos y con gorra. El perro seguía con el cuello estirado esperando que el hombre le diera algo de lo que él encontró primero. Pero no hizo la guerra por eso. Quizás pensó que más adelante hallaría otra bolsa con comida, al fin, él tenía más experiencia.

Seguí mi camino y pensé: pasará por mi casa, le puedo dar de comer. ¿Y si le da vergüenza porque lo miré quitarle la comida al perro? Además, con esto no resuelvo nada. Volví la mirada hacia atrás y el hombre no seguía su camino, sino que se regresó. Llegué a mi casa. Las lágrimas contenidas salieron sin censura. Bueno, soy llorona. Pero es que la impotencia también hace llorar.

Y comencé a reflexionar sobre esta situación por la que pasa tanta gente. Pensé que talvez no era tan pobre; sino que venía de algún lugar retirado y le agarró el hambre, y no andaba dinero para comprar ni quería pedir. Pero el hambre de un momento se puede aguantar. Y si fuera un pobre que siempre tiene hambre y que está acostumbrado a buscar entre los residuos, se habría detenido, pues en las aceras las bolsas con basura esperaban el camión recolector. ¿Será un desempleado que está ingresando a mayor pobreza? Y vinieron a mi mente situaciones que había visto o escuchado: desempleados que salen a buscar la vida, familias que han quedado sin nada, pero que aún tienen vestido, porque la ropa dura más que la comida. Podría ser una persona acostumbrada a andar limpia y que le daba vergüenza que lo vieran romper bolsas.

Alguien dirá que esto no es extraño, pues son muchas personas las que rebuscan en la basura algo para comer. Y sí, pero eso no justifica la indiferencia. Y por su actitud no parecía tan pobre. No es que los que están acostumbrados, no les dé vergüenza, sino que éste posiblemente se iniciaba en el trajín.Si los altos funcionarios y los ricos anduvieran a pie, podrían ver esto y a lo mejor les daría vergüenza. O un poco de remordimiento. Porque duele y molesta ver que durante una reunión sobran caramelos, frutas, galletas y demás golosinas. Como si los golosos funcionarios no pudieran pensar sin mover las mandíbulas. O ver que están bien abrigados, porque el aire acondicionado está al máximo, gastando energía innecesariamente. O utilizando los vehículos y el presupuesto del Estado en diligencias personales. Es triste, choca y molesta.

El hambre no es por falta de producción sino por la forma de distribución, por el derroche, por el sistema consumista. Pero siempre se dice que a pesar de todo, la economía del país crece. ¿Qué importancia tiene que crezca la economía si la pobreza aumenta? El crecimiento económico es hueco, como un estómago vacío que crece debido a la desnutrición y los parásitos, por falta de sustento y saneamiento.¿Y de qué sirve que haya más producción, si el hambre es igual o peor? La causa es la injusticia, los bajos salarios. Y muchas veces los nuevos empleos en las empresas e instituciones se van quedando entre los mismos, entonces una persona tiene varios cargos, que por supuesto no desempeña. Otras veces las oportunidades son para los familiares o amigos. Es muy difícil que un desempleado extraño sea contratado, aunque pase llegando todos los días a ver qué le resuelven, hasta que se cansa o se le acaba el dinero para el pasaje. O se le gastan los zapatos. Y los gremios parecen hipnotizados.

Redistribuyendo el presupuesto, los empleos y los recursos; ahorrando y cambiando la cultura de consumo, tanto a nivel macro como en cada institución, se podría mitigar el hambre, compartiendo, no residuos, sino el dinero y la riqueza del país.

http://impreso.elnuevodiario.com.ni/2008/02/07/opinion/69623


La Canción del Oro

Rubén Darío

Aquel día, un harapiento, por las trazas un mendigo, tal vez un peregrino, quizás un poeta, llegó, bajo la sombra de los altos álamos, a la gran calle de los palacios, donde hai desafíos de soberbia entre el ónix y el pórfido, el ágata y el mármol; en donde las altas columnas, los hermosos frisos, las cúpulas doradas, reciben la caricia pálida del sol moribundo.

Había tras los vidrios de las ventanas, en los vastos edificios de la riqueza, rostros de mujeres gallardas y de niños encantadores. Tras las rejas se adivinaban estensos jardines, grandes verdores salpicados de rosas y ramas que se balanceaban acompasada y blandamente como bajo la ley de un ritmo. Y allá en los grandes salones, debía de estar el tapiz purpurado y lleno de oro, la blanca estatua, el bronce chino, el tibor cubierto de campos azules y de arrozales tupidos, la gran cortina recogida como una falda, ornada de flores opulentas, donde el ocre oriental hace vibrar la luz en la seda que resplandece. Luego las lunas venecianas, los palisandros y los cedros, los nácares y los ébanos, y el piano negro y abierto, que ríe mostrando sus teclas como una linda dentadura; y las arañas cristalinas, donde alzan las velas profusas la aristocracia de su blanca cera. ¡ Oh, y más allá! Más allá el cuadro valioso dorado por el tiempo, el retrato que firma Durand o Bonnat, y las preciosas acuarelas en que el tono rosado parece que emerge de un cielo puro y envuelve en una onda dulce desde el lejano horizonte hasta la yerba trémula y humilde. Y más allá...

* *

(Muere la tarde.
Llega a las puertas del palacio un break flamante y charolado, negro y rojo. Baja una pareja y entra con tal soberbia en la mansión, que el mendigo piensa: decididamente: el aguilucho y su hembra van al nido. El tronco, ruidoso y azogado, a un golpe de fusta arrastra el carruaje haciendo relampaguear las piedras. Noche.)

* *

Entonces, en aquel cerebro de loco, que ocultaba un sombrero raído, brotó como el germen de una idea que pasó al pecho y fue opresi ón y llegó a la boca hecho himno que le encendía la lengua y hacía entrechocar los dientes. Fue la visi ón de todos los mendigos, de todos los desamparados, de todos los miserables, de todos los suicidas, de todos los borrachos, del harapo y de la llaga, de todos los que viven, ¡Dios mío! en perpetua noche, tanteando la sombra, cayendo al abismo, por no tener un mendrugo para llenar el estómago. Y después la turba feliz,
el lecho blando, la trufa y el áureo vino que hierve, el raso y el moiré que con su roce r íen; el novio rubio y la novia morena cubierta de pedrería y blonda; y el gran reloj que la suerte tiene para medir la vida de los felices opulentos, que en vez de granos de arena, deja caer escudos de oro.
Aquella especie de poeta sonrió: pero su faz tenía aire dantesco. Sacó de su bolsillo un pan moreno, comió, y dio al viento su himno. Nada más cruel que aquel canto tras el mordisco.

¡Cantemos el oro!
Cantemos el oro, rey del mundo, que lleva dicha y luz por donde va, como los fragmentos de un sol despedazado.
Cantemos el oro, que nace del vientre fecundo de la madre tierra; inmenso tesoro, leche rubia de esa ubre gigantesca.
Cantemos el oro, río caudaloso, fuente de la vida, que hace jóvenes y bellos a los que se bañan en sus corrientes maravillosas, y envejece a aquellos que no gozan de sus raudales.
Cantemos el oro, porque de él se hacen las tiaras de los pontífices, las coronas de los reyes y los cetros imperiales; y porque se derrama por los mantos como un fuego sólido, e inunda las capas de los arzobispos, y refulge en los altares y sostiene al Dios eterno en las custodias radiantes.
Cantemos el oro, porque podemos ser unos perdidos, y él nos pone mamparas para cubrir las locuras abyectas de la taberna, y las vergüenzas de las alcobas adúlteras.
Cantemos el oro, porque al saltar del cuño lleva en su disco el perfil soberbio de los césares; y va a repletar las cajas de sus vastos templos, los bancos, y mueve las máquinas y da la vida y hace engordar los tocinos privilejiados.
Cantemos el oro, porque él da los palacios y los carruajes, los vestidos a la moda, y los frescos senos de las mujeres garridas; y las genuflexiones de espinazos aduladores y las muecas de los labios eternamente sonrientes.
Cantemos el oro, padre del pan.
Cantemos el oro, porque es en las orejas de las lindas damas, sostenedor del rocío del diamante, al estremo de tan sonrosado y bello caracol; porque en los pechos siente el latido de los corazones, y en las manos a veces es símbolo de amor y de santa promesa.
Cantemos el oro, porque tapa las bocas que nos insultan; detiene las manos que nos amenazan, y pone vendas a los pillos que nos sirven.
Cantemos el oro, porque su voz es una música encantada; porque es heroico y luce en las corazas de los héroes homéricos, y en las sandalias de las diosas y en los coturnos trágicos y en las manzanas del jardín de las Hespérides.
Cantemos el oro, porque de él son las cuerdas de las grandes liras, la cabellera de las más tiernas amadas, los granos de la espiga y el peplo que al levantarse viste la olímpica aurora.
Cantemos el oro, premio y gloria del trabajador y pasto del bandido.
Cantemos el oro, que cruza por el carnaval del mundo, disfrazado de papel, de plata, de cobre y hasta de plomo.
Cantemos el oro, amarillo como la muerte.
Cantemos el oro, calificado de vil por los hambrientos; hermano del carbón, oro negro que incuba el diamante; rey de la mina, donde el hombre lucha y la roca se desgarra; poderoso en el poniente, donde se tiñe en sangre; carne de ídolo, tela de que Fidias hace el trage de Minerva.
Cantemos el oro, en el arnés del caballo, en el carro de guerra, en el puño de la espada, en el lauro que ciñe cabezas luminosas, en la copa del festín dionisíaco, en el alfiler que hiere el seno de la esclava, en el rayo del astro y en el champaña que burbujea, como una disolución de topacios hirvientes.
Cantemos el oro, porque nos hace gentiles, educados y pulcros.
Cantemos el oro, porque es la piedra de toque de toda amistad.
Cantemos el oro, purificado por el fuego, como el hombre por el sufrimiento; mordido por la lima, como el hombre por la envidia; golpeado por el martillo, como el hombre por la necesidad; realzado por el estuche de seda, como el hombre por el palacio de mármol.
Cantemos el oro, esclavo, despreciado por Gerónimo, arrojado por Antonio, vilipendiado por Macario, humillado por Hilarión, maldecido por Pablo el Hermitaño, quien tenía por alcázar una cueva bronca y por amigos las estrellas de la noche, los pájaros del alba y las fieras hirsutas y salvages del yermo.
Cantemos el oro, dios becerro, tuétano de roca, misterioso y callado en su entraña, y bullicioso cuando brota a pleno sol y a toda vida, sonante como un coro de tímpanos; feto de astros, residuo de luz, encarnación de éter.
Cantemos el oro, hecho sol, enamorado de la noche, cuya camisa de crespón riega de estrellas brillantes, después del último beso, como una gran muchedumbre de libras esterlinas. ¡Eh, miserables, beodos, pobres de solemnidad, prostitutas, mendigos, vagos, rateros, bandidos, pordioseros, peregrinos, y vosotros los desterrados, y vosotros los holgazanes, y sobre todo, vosotros, oh poetas!
Un ámonos a los felices, a los poderoso, a los banqueros, a los semi-dioses de la tierra!
¡Cantemos el oro!

*

Y el eco se llevó aquel himno, mezcla de gemido, ditirambo y carcajada; y como ya la noche oscura y fría había entrado, el eco resonaba en las tinieblas.

Pasó una vieja y pidió limosna.

Y aquella especie de harapiento, por las trazas un mendigo, tal vez un peregrino, quizás un poeta, le dio su último mendrugo de pan petrificado, y se marchó por la terrible sombra, rezongando entre dientes.